jueves
Pájaros
¿Qué será lo que tanto se dicen los pájaros al caer las seis de la tarde cuando a pasitos se juntan unos con otros en las cuerdas de la luz?
¿Porqué será que de pronto miran todos hacia el mismo lado como si estuvieran criticando la vida de cada uno de los vecinos?
Es como si estuvieran de recreo luego de una ardua jornada de búsqueda de alimento. Es como si antes de irse a inflar sus pequeños y redondos cuerpos para calentarse, quisieran pensar que no son tan animales y que algo de humanidad humana cruza por su comunidad de plumas y picos.
¡Cómo me gusta verlos!
Mañana será otro día.
martes
La cama de mi recuerdo
Foto: MCC
A veces se vienen a la cabeza momentos de la niñez y de la adolescencia; momentos esos en los que el mundo se detenía. Cuando los recordamos, es el presente el que se detiene. Es como si la energía vital confabulara con el reloj de arena, para sentarnos en ese el escenario de lo propio; parece que nos sentara en un palco interestelar para apreciarnos en nuestra dimension.
Buena o mala, inútil o útil, justa o injusta y sin embargo presente.
A mi amiga le pasó.
Mi amiga desdobló durante algo así como un año y tres meses, una a una, cada noche, un sofá-cama incómodo por demás, y se levantó cada mañana a doblarlo.
La llamada era para contarme que había comprado cama. Estaba hilarante. Puedo entenderlo.
A propósito de los momentos del pasado, me dijo que en el cresendo de su experiencia de consumo recordó alguna cena familiar, bastante escasas en su casa por demás, en la que su papá, un banquero, contó la tragedia de alguna familia a la que se le habían embargado todos los bienes. Ella se acordó que en ese momento los imaginó, a los embargados a punto de irse a dormir sin en dónde reposar su angustia.
Su papá le aclaró que lo único que no podían embargar era la cama. La cama se quedaba con su dueño. Pensó que al menos, en medio de la confusión de la pérdida y el cansancio de la vergüenza, quedaba la cama para reconciliar el sueño con la vida.
La hilaridad se debió a que alcanzó el consumo mínimo de la dignidad.
En la 8th street
Hoy acompañé a un gato en su última convulsión. Fui testigo de su último baile. Qué baile más doloroso. Lloré y toda mi elasticidad cayó en cúmulos sobre el andén. Recordé a mi gata.
Y me levanté para coger de nuevo mi bici no sin antes pasar mi mano por última vez a lo largo de su costillar ya con pelambre seco. No sé si es que la muerte deja un vacío muy grande pero su delgadez parecía pegada al cemento, huesuda y sin siquiera aire. Mi mano sintió eso que queda luego de que la muerte se posa: una maza de moléculas pesadas y heladas pero sin escarcha.
A los dos segundos de iniciar mi camino en la esquina de Poplar y la 8th street, paré respetando la señal de Stop y frente a mis ojos pasó una carroza fúnebre. Esto no hubiera terminado por perturbarme si no fuera porque dos segundos antes de deternerme ante la convulsión de mi gato, no hubiera estado a punto de ser atropellada por un carro de frente. En Spring Garden y la 8th. Hubiera muerto. Hubiera muerto exactamente de la misma manera como murió “mi” felino. Fue mi imprudencia.
Creo que la muerte estuvo rondando la 8th. De seguro estaba de recreo. Qué terrible hubiera sido encontrármela; yo feliz y ella sin programa.
viernes
La vergüenza de Michael y mía
Foto: http://images.google.com
Sí, es verdad, lo mío también es vergonzoso. No sólo la vergüenza es sobre Michael; lo mío también es vergonzoso. Lo peor es que luego de los años, aún siga actuando de la misma manera. Si he de palear mi sentimiento rojizo, como dice mi amigo: cuando pasan los años uno sabe cuáles son sus armas entonces me reconforto en la aceptación natural de mis debilidades.
A Michael lo salvaba su infantil ternura. Uno de los escasísimos actos espontáneos y por tanto, sin artificio que él tenía. Creo firmemente que era profundamente tierno. Y creo que su ternura lo salva para ser mirado con benevolecnia y compasión (en la concepción budista) de sus delirios vestidos de extravagancia.
Sobre el tema hay mucho qué decir y mucho que mirar hacia dentro. Y en esta novela de la vida, hay muchos personajes que están aún por descubrirse, y la verdad no me refiero en absoluto a aquella historia que se teje alrededor de la muerte de los mitos ya que un mito no necesita esta clase de muerte. No. Me refiero a los personajes que moldearon al rey que acabamos de perder y el imperio de fábula que acabamos de ganar.
La fábula, ni corta ni perezosa, va en el tema de la muerte; el hecho mismo, el hecho de realidad y polvo. El hecho crudo. Va en el acto vandálico en el que se convierte la muerte de un rey cualquiera sea su estirpe.
¿Qué muerte de rey no es subversiva (en el sentido amplio de la palabra)? Pero cuando la fábula se haga erase, algo que sin duda llegará como en el cuarto o quinto acto de la obra mediática, saldrá a relucir ese otro Frankestein quien además es, como personaje, bastante común en nuestras sociedades de sueños por cumplir (y aquí no hay distingos culturales) porque Mr. Joseph Walter "Joe" Jackson es uno de los fatídicos personaje de este mundo postmoderno. Nuestro mundo de sueños perdidos entre siliconas frías.
Pero el hecho es mi verguenza. ¿Cómo es posible que aún tenga espasmos de adolescente que aunque duren muy poco dejan el vacío que se esfuma? Ante todo la dignidad decía otro amigo.
Sólo cuando mi vergüenza revienta en risa, comprendo que como Michael tengo mucho de vacío y de qué ocultar de ese delirio, esa ilusión de adolescente de Peter Pan que mi mente resuelve a veces acometer y así quedo yo al descubierto como él, sonrojada por mi Frankestein que a la hora de la verdad, mucho de ternura tiene también.
La tragedia es que a Michael todas las ilusiones se le agolparon y la vida le dio para acometerlas al mismo tiempo, sin pausa. Con lujo. Una dosis mortal.
lunes
La infalible química del amor
Por estos días me he acordado de cómo mi mejor amiga se declaraba furibunda enamorada … algo parecido a lo que alguna vez me confesó mi mejor amigo: "mira, es que yo soy un enamorado del amor". Por supuesto, no creo estar muy lejos de ellos.
El hecho es que mi amiga podía conocer a un tipo que le gustara y en una semana de ilusión, imágenes y esperanza alcanzaba a ennoviarse, casarse y separarse. Así como les cuento. Todo en la emoción y la ilusión que la química del amor produce en la mente. En ese corto circuito, en ese shock que deja en la arena boquiabierto a cualquier incauto o mejor ... incautA como volando entre nubes de colores. Oh glorioso sentimiento, gloriosa sensación ... sublime sueño.
Una noche de conversa nocturna cuando yo le contaba sobre un tipo que me había gustado y cómo mi imaginación había volado y volado y volado … ella me tranquilizó diciéndo que el caso de ella era patético porque había alcanzado incluso a tener nietos mientras desde la ventana del bus miraba a un tipo guapísimo; y el proceso amoroso duró lo que duró el bus dando la curva, eso sí bien cerrada para doblar la esquina. Así como les cuento.
No sé si eso llegó a ser verdad o no. Y no viene al caso.
Al caso viene la química. La química es sublime pero también dolorosa.
Y no sé porqué no dejo de asociarlo a esa idea que tuve esta mañana mientras le quitaba a mi bici el plástico lleno de gotas que mojaban mis pies. Fue una idea que llegó a mi mente igualito como a veces llega el viento, escaso por estos días, que pasa y roza los brazos. La idea era respecto a lo reducidas que son las oportunidades a medida que los años van pasando. Las oportunidades para todo. Si no fuera porque me incomodaban las gotas mojando mis pies, pensaría que algo de incomodidad me produjo la idea. ¿Algo de sensitiva molestia? Las oportunidades de trabajo, las opotunidades de viajar (es posible), las oportunidades de enamorarse porque nos volvemos más retrecheros para todo y hasta la vida se jacta.
Digámoslo de una vez: con los años cada vez es más difícil que la química ataque con la flecha de ese angel desvergonzado cruzando el estómago, las vísceras, el corazón y suba en su alocada corriente sanguínea a la cabeza. Las probabilidades de la química son cada vez más escasas y son menos aún posibles las realidades palpables.
Nunca antes había sentido eso.
Por eso, porque sentí ese sentimiento de pasmado minúsculo dolor, pude entender a mi amiga quien luego de otra conversación telefónica sentía la nostalgia luego de un fin se semana en el que su mente divagó regodeándose en el amor ... en la química del amor, venenosa e implacable; placentera y ojalá eterna.
No importa ya que hayan sido tan solo tres días de pasión desenfrenada; la mente los vivió y el corazón la siguió irremediablemente. Ha de saberse una vez más que las opciones son reducidas y a final de cuentas ... ¿alguien ha negado alguna vez que el amor es un sueño?
domingo
Acabo de esparcir colbón en la planta de una de mis manos igualito como lo hacía en el colegio, cuando tenía como cinco o seis años. Uff … cómo pasa el tiempo. Qué kilometraje el que tengo.
Fue un deseo incontrolable. Vino a mi cabeza cuando intentaba arreglar mi Thesaurus pues soy de las que aún lo usa en su versión de papel. Sentí el olor y de repente las imágenes del salón de clases se arremolinaron en mi cabeza. Vi cómo todas en compulsion íbanos embadurnando una de nuestras manos y cuando se secaba nos saludábamos muy formalmente para poder sentirlas separadas por una película fría transparente, que cuando aún no se había secado era blanca.
Ahora la sensación es distinta. El tiempo es distinto. Le quita algo de gracia. Ahora me parece eterno. Eterno el tiempo en devolverle la utilidad a mi mano, mi mano izquierda.
Y nada que termina.
Me ataca uno de los mitos adultos: el tiempo. Demasiado grande y pesado. No es incómodo cuando mi mente está conectada con el mundo de la imaginación porque rápidamente salgo en esa autopista, esa high way en la que alcanzo a saborear muchos de mis sueños; o casi todos, o los más urgentes. Es verdad, soy una soñadora. Pero siempre hay que volverse a conectar con el mito adulto. Qué canallada.
Sólo mi mente libre es un bálsamo.
El rito terminaba cuando el pegante se secaba y con cuidado nos quitábamos la película completamente transparente. Era como una huella viva de nuestra mano. Todo se veía en ella. Hasta la más suave línea quedaba allí puesta para siempre. Era como dejar testimonio de esas manos. Unas manos crudas para la vida, que al mismo tiempo se saboreaban hasta la más mínima particular de realidad.
Mis manos fueron los personajes principales de los momentos felices de mi infancia, preadolecencia y lo siguen siendo. Son ellas las que más felicidad y compañía me han dado. Con ellas cuidé a mis muñecas; con ellas acaricié el primer libro que despertó mi conciencia más dormida. Con ellas peiné a mi perro. Con ellas me masturbé desde muy niña. Me masturbé sin saber lo que eso era. Para mi era natural. No tenía nombre ni imaginario; era un proceso un tanto mecánico que siempre siempre me llevaba a un final de fuegos artificiales. La primera vez pensé que algo terrible me estaba pasando y que moriría instantáneamente. Con ellas he abrazado a mi gata y he cogido de la mano a mis más queridos amigos y a mis más efusivos amantes.
Hoy no es muy distinto.
Pero han madurado. Han acariciado muchísimas veces con la misma entrega honesta e ilusionada. Han escrito miles de oraciones porque son creyentes. Y todas las veces que pueden, se desatan en una maraña de texos con la ilusión agresiva de entregarlo todo solo en letras.
Ese era pues uno de los juegos más emocionantes de mi infancia. El colbón nunca se acabó a pesar de lo que pregonaban con tono de cantaleta las profesoras. Mi colbón duró lo que duró mi fantasía.