Acabo de esparcir colbón en la planta de una de mis manos igualito como lo hacía en el colegio, cuando tenía como cinco o seis años. Uff … cómo pasa el tiempo. Qué kilometraje el que tengo.
Fue un deseo incontrolable. Vino a mi cabeza cuando intentaba arreglar mi Thesaurus pues soy de las que aún lo usa en su versión de papel. Sentí el olor y de repente las imágenes del salón de clases se arremolinaron en mi cabeza. Vi cómo todas en compulsion íbanos embadurnando una de nuestras manos y cuando se secaba nos saludábamos muy formalmente para poder sentirlas separadas por una película fría transparente, que cuando aún no se había secado era blanca.
Ahora la sensación es distinta. El tiempo es distinto. Le quita algo de gracia. Ahora me parece eterno. Eterno el tiempo en devolverle la utilidad a mi mano, mi mano izquierda.
Y nada que termina.
Me ataca uno de los mitos adultos: el tiempo. Demasiado grande y pesado. No es incómodo cuando mi mente está conectada con el mundo de la imaginación porque rápidamente salgo en esa autopista, esa high way en la que alcanzo a saborear muchos de mis sueños; o casi todos, o los más urgentes. Es verdad, soy una soñadora. Pero siempre hay que volverse a conectar con el mito adulto. Qué canallada.
Sólo mi mente libre es un bálsamo.
El rito terminaba cuando el pegante se secaba y con cuidado nos quitábamos la película completamente transparente. Era como una huella viva de nuestra mano. Todo se veía en ella. Hasta la más suave línea quedaba allí puesta para siempre. Era como dejar testimonio de esas manos. Unas manos crudas para la vida, que al mismo tiempo se saboreaban hasta la más mínima particular de realidad.
Mis manos fueron los personajes principales de los momentos felices de mi infancia, preadolecencia y lo siguen siendo. Son ellas las que más felicidad y compañía me han dado. Con ellas cuidé a mis muñecas; con ellas acaricié el primer libro que despertó mi conciencia más dormida. Con ellas peiné a mi perro. Con ellas me masturbé desde muy niña. Me masturbé sin saber lo que eso era. Para mi era natural. No tenía nombre ni imaginario; era un proceso un tanto mecánico que siempre siempre me llevaba a un final de fuegos artificiales. La primera vez pensé que algo terrible me estaba pasando y que moriría instantáneamente. Con ellas he abrazado a mi gata y he cogido de la mano a mis más queridos amigos y a mis más efusivos amantes.
Hoy no es muy distinto.
Pero han madurado. Han acariciado muchísimas veces con la misma entrega honesta e ilusionada. Han escrito miles de oraciones porque son creyentes. Y todas las veces que pueden, se desatan en una maraña de texos con la ilusión agresiva de entregarlo todo solo en letras.
Ese era pues uno de los juegos más emocionantes de mi infancia. El colbón nunca se acabó a pesar de lo que pregonaban con tono de cantaleta las profesoras. Mi colbón duró lo que duró mi fantasía.
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