viernes

La vergüenza de Michael y mía


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Sí, es verdad, lo mío también es vergonzoso. No sólo la vergüenza es sobre Michael; lo mío también es vergonzoso. Lo peor es que luego de los años, aún siga actuando de la misma manera. Si he de palear mi sentimiento rojizo, como dice mi amigo: cuando pasan los años uno sabe cuáles son sus armas entonces me reconforto en la aceptación natural de mis debilidades.

A Michael lo salvaba su infantil ternura. Uno de los escasísimos actos espontáneos y por tanto, sin artificio que él tenía. Creo firmemente que era profundamente tierno. Y creo que su ternura lo salva para ser mirado con benevolecnia y compasión (en la concepción budista) de sus delirios vestidos de extravagancia.

Sobre el tema hay mucho qué decir y mucho que mirar hacia dentro. Y en esta novela de la vida, hay muchos personajes que están aún por descubrirse, y la verdad no me refiero en absoluto a aquella historia que se teje alrededor de la muerte de los mitos ya que un mito no necesita esta clase de muerte. No. Me refiero a los personajes que moldearon al rey que acabamos de perder y el imperio de fábula que acabamos de ganar.

La fábula, ni corta ni perezosa, va en el tema de la muerte; el hecho mismo, el hecho de realidad y polvo. El hecho crudo. Va en el acto vandálico en el que se convierte la muerte de un rey cualquiera sea su estirpe.

¿Qué muerte de rey no es subversiva (en el sentido amplio de la palabra)? Pero cuando la fábula se haga erase, algo que sin duda llegará como en el cuarto o quinto acto de la obra mediática, saldrá a relucir ese otro Frankestein quien además es, como personaje, bastante común en nuestras sociedades de sueños por cumplir (y aquí no hay distingos culturales) porque Mr. Joseph Walter "Joe" Jackson es uno de los fatídicos personaje de este mundo postmoderno. Nuestro mundo de sueños perdidos entre siliconas frías.

Pero el hecho es mi verguenza. ¿Cómo es posible que aún tenga espasmos de adolescente que aunque duren muy poco dejan el vacío que se esfuma? Ante todo la dignidad decía otro amigo.

Sólo cuando mi vergüenza revienta en risa, comprendo que como Michael tengo mucho de vacío y de qué ocultar de ese delirio, esa ilusión de adolescente de Peter Pan que mi mente resuelve a veces acometer y así quedo yo al descubierto como él, sonrojada por mi Frankestein que a la hora de la verdad, mucho de ternura tiene también.

La tragedia es que a Michael todas las ilusiones se le agolparon y la vida le dio para acometerlas al mismo tiempo, sin pausa. Con lujo. Una dosis mortal.

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