Hoy acompañé a un gato en su última convulsión. Fui testigo de su último baile. Qué baile más doloroso. Lloré y toda mi elasticidad cayó en cúmulos sobre el andén. Recordé a mi gata.
Y me levanté para coger de nuevo mi bici no sin antes pasar mi mano por última vez a lo largo de su costillar ya con pelambre seco. No sé si es que la muerte deja un vacío muy grande pero su delgadez parecía pegada al cemento, huesuda y sin siquiera aire. Mi mano sintió eso que queda luego de que la muerte se posa: una maza de moléculas pesadas y heladas pero sin escarcha.
A los dos segundos de iniciar mi camino en la esquina de Poplar y la 8th street, paré respetando la señal de Stop y frente a mis ojos pasó una carroza fúnebre. Esto no hubiera terminado por perturbarme si no fuera porque dos segundos antes de deternerme ante la convulsión de mi gato, no hubiera estado a punto de ser atropellada por un carro de frente. En Spring Garden y la 8th. Hubiera muerto. Hubiera muerto exactamente de la misma manera como murió “mi” felino. Fue mi imprudencia.
Creo que la muerte estuvo rondando la 8th. De seguro estaba de recreo. Qué terrible hubiera sido encontrármela; yo feliz y ella sin programa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario