Y cuando me levanto de pronto siento que esos bienestares tan comunes no lo son tanto, y me llegan oleadas de un sentimiento extraño; ese sentimiento de dar gracias por cosas simples. Sentirse saludable, moverse, comer. Sentarse en la taza del baño sin escalofríos, peinarse sin que duela el cuero cabelludo, estar en frente del computador con gozo y concentración, disfrutar del clima con todo mi peso físico y espiritual.
Cosas simples como esas.
…
Las sensaciones son volátiles. Cómo me alegraría sentir lo que una vez sentí, pero es que tengo en las puntas una anestecia pegachenta y dulzona.
Los sentimientos a veces son como trenes: con un destino fijo, no dan reversa (no he visto el primero), con un itinerario, un precio, una velocidad, un tiempo determinado.
Esto me pasa cuando ya no hay espacio para la duda. Ya no solo la duda racional, no; también la emocional. No hay nada más frío y cortante que la no duda.
Lo lamenté. Aún lo lamento pero mi sentimiento va en tren. Sé que hay itinerario pero no sé aún el destino. Necesito la paciencia del viajero. La disciplina del corredor de maratones. Necesito silencio y auto introspección.
¿Que si lo digo con sentimiento jarocho? No. El amor, aunque suene un poco ridículo, es un triunfo a la vida. Sentirlo nos hace grandes y conspicuos; sentirlo calma la sed. Mi sed.
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