viernes

De Wilmington con la ventana a mi derecha

Foto: msnbc.com

Te voy a contar algo que no te he contado. En parte por pudor, en parte por no perder el cosquilleo que produce la secreta intimidad.

Hace casi un año venía de Wilminton en el tren hacia Philly. Comienzos del Verano o mejor, finales de la Primavera. Venía de una jornada de trabajo de tres días sin parar; o para mayor precisión, tres días con dos noches de cuatro horas y con la "satisfacción del deber cumplido” (qué tonto eso del deber cumplido).

Al parecer tomé sin querer el puesto de otra persona. Ventana a mi derecha y a mi izquierda un amish enorme de unos 75 años. Quedé de inmediato protegida por un mapamundi a quién sólo el chaleco negro y la camisa blanca le daban forma.

Me disculpé por mi equivocación pero pude conservar mi puesto sin ningún problema y, por supuesto su compañía. Compartimos una naranja y a los pocos minutos mis feromonas estaban volando a 1600 grados … de altitud.

Sentada con la ventana a mi deracha y su presencia descomunal a mi izquierda, y con la planta de mi pie izquierdo apoyada en la silla, comenzó a acariciar mi tobillo subiendo por entre el pantalón hasta un poco más abajo de la rodilla. Su mano era tan grande que a veces sus nudillos en las subidas y bajadas llegaban a rozar el punto donde nacen las piernas. Mis piernas.

Mi amigo se bajó una estación antes de llegar a Philly no sin antes en susurro agradecer mi compañía y lamentar que su destino no se extendiera por entre los rieles del tren.
Yo también lo lamenté.

Faltaron segundos.

A veces, así es como se despide la Primavera.


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