lunes

Un Prodigio

Foto: MER

Es extraña la sensación de estar frente a un prodigio. Es maravillarse, ir a un museo y ver por primera vez de frente y a solas el encaje pintado por Pablo Picasso en su óleo, La Primera Comunión. Es comprender nuestra simpleza, nuestra mundana existencia. Es mirar lo que tenemos y lo que no tenemos; y a la final, conformarse y colmarse con la alegría de poder ser testigo con todos nuestros sentidos del arte; lo único que puede salvar a esta humanidad “agobiada y doliente”.

Todo eso pasó por mi cabeza cuando estuve a cuatro líneas de Esperanza Spalding hace algunos días en el teatro Rutgers de Camden. A propósito de Camden es una ciudad deprimente saturada de droga, de crimen y por alguna “extraña” razón habitada en su mayoría por Afroamericanos (me suena mejor negros … y lo digo sin culpa ni vergüenza) y Latinos. Bueno, hasta Camden tiene derecho a su corazoncito.

Esperanza Spalding decidió a los 4 años que quería aprender a tocar el contrabajo mientras miraba por televisón a Yo Yo Ma. No sé si hay algo más allá de lo que ya sabemos que caracterice a un prodigio; no lo sé. El hecho es que hubo una conexión con el público como nunca, una energía y un feeling increíbles. Una dulzura que le salía de la sonrisa, le bajaba por los brazos y se escurría por entre el encordado del contra bajo que a propósito, la crucificaba. Este enorme instrumento exhuberante en curvas y belleza parecía a veces inconmensurable entre sus brazos y a veces … un gatito dominado. Dulcemente dominado.

Bello ser humano.

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